Cómo el yoga ayuda a aliviar el dolor de espalda: mucho más que estirar los músculos
- 7 ago
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Hay personas que conviven con el dolor de espalda desde hace tanto tiempo que han terminado por considerarlo normal.
Empieza con una pequeña molestia al levantarse de la cama. Después aparece la rigidez al pasar muchas horas sentado, una tensión constante entre los hombros o un pinchazo en la zona lumbar al agacharse. Poco a poco, el cuerpo deja de moverse con libertad y cada gesto comienza a hacerse con más cuidado.
Entonces suele llegar la búsqueda de soluciones.
Estiramientos.
Masajes.
Medicación.
Ejercicio.
Reposo.
Algunas ayudan durante un tiempo. Otras apenas ofrecen alivio. Y muchas veces el dolor vuelve.
No porque el cuerpo esté roto.
Sino porque el dolor de espalda rara vez tiene una única causa.
Desde el yoga entendemos que la espalda no trabaja sola.
Respira.
Se adapta.
Compensa.
Protege.
Expresa cómo vivimos, cómo nos movemos y, en muchas ocasiones, también cómo sostenemos el estrés del día a día.
Por eso, cuando hablamos de yoga para el dolor de espalda, no hablamos únicamente de fortalecer músculos o ganar flexibilidad.
Hablamos de recuperar una forma más amable de habitar el cuerpo.
La espalda sostiene mucho más que nuestro cuerpo
Cuando pensamos en la espalda solemos imaginar huesos, discos, músculos y articulaciones.
Pero la espalda también sostiene nuestro ritmo de vida.
Las horas frente al ordenador.
Las prisas.
Las preocupaciones.
Las responsabilidades.
La falta de descanso.
El estrés mantenido.
Todo ello modifica la manera en la que respiramos, caminamos, permanecemos sentados o reaccionamos ante el dolor.
Con el tiempo, el cuerpo comienza a adaptarse a esas tensiones constantes.
Y esa adaptación puede terminar convirtiéndose en rigidez, molestias o limitación del movimiento.
Por eso, muchas veces, el objetivo no es únicamente "quitar el dolor".
Es comprender por qué el cuerpo lleva tanto tiempo intentando protegerse.
El dolor no siempre significa daño
Una de las primeras cosas que aprendemos en yoga es a observar el cuerpo sin juzgarlo.
Esto también ocurre con el dolor.
Sentir dolor no siempre significa que exista una lesión grave.
En muchas ocasiones, el sistema nervioso se vuelve más sensible después de meses o años de tensión continuada.
El cuerpo permanece preparado para defenderse incluso cuando el peligro ya no está presente.
Eso hace que movimientos cotidianos puedan sentirse más incómodos de lo que realmente deberían.
Comprender esto cambia por completo la manera de relacionarnos con el dolor.
Ya no se trata únicamente de corregir una postura.
Se trata de ayudar al organismo a recuperar poco a poco una sensación de seguridad.
La respiración también llega a la espalda
Respiramos unas veinte mil veces cada día.
Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.
Cuando la respiración se vuelve superficial, el cuello trabaja más.
Los hombros ascienden.
La caja torácica pierde movilidad.
El diafragma deja de moverse con libertad.
La espalda también participa en cada respiración.
Cuando aprendemos a respirar con más amplitud, toda la columna comienza a recuperar un movimiento que muchas veces llevaba años limitado.
Por eso la respiración no es un complemento dentro del yoga.
Es parte del tratamiento natural que el propio cuerpo necesita para volver a moverse con menos esfuerzo.
Puedes ampliar esta información en nuestro artículo La respiración: el espejo invisible de nuestro mundo interior.
La movilidad importa más que la flexibilidad
Aquí hay una idea que suele sorprender.
Muchas personas creen que el objetivo del yoga es hacerse más flexible.
En realidad, el objetivo es recuperar movimiento.
No es lo mismo.
Un cuerpo puede ser muy flexible y seguir teniendo dolor.
Y un cuerpo rígido puede aprender a moverse con libertad sin llegar nunca a hacer grandes estiramientos.
La movilidad aparece cuando las articulaciones, los músculos, la respiración y el sistema nervioso vuelven a colaborar entre sí.
No depende únicamente de cuánto se estira un músculo.
El sistema nervioso: el gran olvidado del dolor de espalda
Cuando sentimos dolor, nuestra atención se dirige casi automáticamente al lugar donde duele.
Si la molestia está en la espalda, buscamos un músculo demasiado tenso, una postura incorrecta, una vértebra o algún movimiento que hayamos hecho mal.
Pero el dolor es mucho más complejo.
Nuestro sistema nervioso participa constantemente en la manera en la que percibimos lo que ocurre en el cuerpo. Recibe información, la interpreta y, sobre todo, intenta protegernos.
Cuando existe una lesión, esta capacidad es imprescindible. El dolor puede avisarnos de que algo necesita atención.
Pero cuando una molestia se mantiene durante semanas, meses o incluso años, la relación entre dolor y daño deja de ser tan sencilla.
Podemos sentir dolor sin que eso signifique necesariamente que nuestra espalda esté sufriendo un daño cada vez que nos movemos.
Y comprenderlo puede cambiar muchísimo nuestra relación con el cuerpo.
Porque dejamos de pensar:
«Tengo una espalda frágil.»
Y podemos empezar a preguntarnos:
«¿Qué necesita mi cuerpo para volver a sentirse seguro moviéndose?»
El estrés, el descanso, las experiencias anteriores de dolor, el miedo a determinados movimientos o el nivel de actividad pueden influir en cómo nuestro sistema nervioso interpreta las señales que recibe.
Esto no significa que el dolor sea imaginario. El dolor es real.
Significa que no somos únicamente músculos, huesos y articulaciones. La propia definición contemporánea del dolor reconoce que se trata de una experiencia influida por factores biológicos, psicológicos y sociales.
Y aquí aparece una de las aportaciones más interesantes del yoga.
Una práctica consciente puede ofrecer al cuerpo nuevas experiencias.
Moverte sin miedo.
Respirar mientras te mueves.
Descubrir que puedes realizar un gesto que llevabas tiempo evitando.
Fortalecerte progresivamente.
Parar cuando lo necesitas.
Volver a intentarlo.
No buscamos convencer al cuerpo de que no le pasa nada.
Buscamos crear experiencias en las que pueda descubrir:
«Puedo moverme y estoy bien.»
Y recuperar esa confianza también forma parte del camino.
El yoga no consiste en hacer posturas perfectas
Cuando pensamos en yoga todavía aparece con demasiada frecuencia la imagen de un cuerpo extraordinariamente flexible realizando una postura impecable.
Pero esa imagen puede tener muy poco que ver con lo que necesita una persona que llega a clase con dolor de espalda.
Una postura no es mejor porque resulte más bonita desde fuera.
Tampoco porque lleguemos más lejos.
Una postura es útil cuando tiene sentido para el cuerpo que la está practicando.
Dos personas pueden hacer la misma asana de maneras diferentes.
Una necesitará flexionar las rodillas.
Otra separará más los pies.
Otra utilizará bloques.
Otra reducirá el recorrido.
Y quizá otra persona necesite realizar una postura completamente diferente.
Eso no significa hacer menos yoga.
Significa practicar yoga escuchando.
En Karana Kokoro Yoga hay una idea que considero especialmente importante:
no adaptamos el cuerpo a la postura; adaptamos la postura al cuerpo.
La alineación puede ayudarnos a organizar el movimiento y encontrar estabilidad, pero no debería convertirse en una fotografía que todos los cuerpos tengan que reproducir.
Porque los cuerpos son diferentes.
Y también lo son sus historias.
En lugar de preguntarnos constantemente:
«¿Estoy haciendo bien la postura?»
podemos empezar a hacernos otras preguntas:
¿Cómo estoy respirando?
¿Puedo moverme aquí sin miedo?
¿Este esfuerzo me ayuda o estoy luchando contra mi cuerpo?
¿Necesito modificar algo?
Esta forma de practicar cambia profundamente nuestra relación con el yoga.
La postura deja de ser el objetivo.
Se convierte en una herramienta para conocernos.
La pelvis y la columna: una relación inseparable
Cuando duele la espalda solemos mirar directamente hacia la columna.
Pero la columna nunca trabaja sola.
Está en relación constante con la pelvis, las caderas, las piernas, la caja torácica y la respiración.
La pelvis ocupa un lugar especialmente interesante porque funciona como un punto de encuentro entre la parte superior y la inferior del cuerpo.
Observa algo tan cotidiano como caminar.
La pelvis se mueve.
Rota.
Se desplaza.
Se adapta a cada paso.
Y la columna responde continuamente a esos pequeños movimientos.
Lo mismo sucede cuando nos sentamos, nos levantamos, giramos, nos agachamos o subimos unas escaleras.
Por eso, cuando existe dolor de espalda, trabajar únicamente sobre el punto donde sentimos la molestia puede quedarse corto.
Quizá necesitemos recuperar movilidad en las caderas.
Fortalecer las piernas.
Permitir que la pelvis vuelva a moverse con mayor libertad.
Mejorar la movilidad de la zona torácica.
O simplemente descubrir nuevas maneras de organizar el movimiento.
El yoga permite trabajar estas relaciones de una manera especialmente interesante porque prácticamente ninguna postura sucede en una sola parte del cuerpo.
Cuando realizamos un Guerrero, participan piernas, pelvis, columna, brazos, equilibrio y respiración.
Cuando hacemos gato-vaca, pelvis y columna se mueven juntas.
Cuando respiramos profundamente, las costillas cambian de posición y la columna acompaña ese movimiento.
Todo está conectado.
Y cuando empezamos a comprenderlo, dejamos de mirar la espalda como una pieza aislada que tenemos que arreglar.
Empezamos a verla como parte de un cuerpo completo.
La espalda no solo necesita movilidad: también necesita fuerza
Cuando alguien busca yoga para el dolor de espalda suele imaginar una práctica llena de estiramientos.
Pero cuidar la espalda no consiste únicamente en estirar.
Nuestro cuerpo también necesita fuerza.
Fuerza en las piernas para levantarnos.
En los glúteos para caminar y estabilizarnos.
En el tronco para movernos y gestionar cargas.
En los brazos y hombros para muchas de nuestras actividades cotidianas.
El cuerpo está preparado para soportar carga.
Y una práctica progresiva puede ayudarnos a recuperar esa capacidad.
No necesitamos pasar de cero a cien.
La fuerza también puede construirse desde la escucha.
Manteniendo una postura unos segundos.
Repitiendo un movimiento.
Aprendiendo a levantarnos del suelo.
Sosteniendo nuestro propio peso.
Aumentando poco a poco la dificultad.
Cuidar el cuerpo no significa evitar cualquier esfuerzo.
Significa aprender a diferenciar entre un esfuerzo que nos ayuda a crecer y uno que nos sobrepasa.
No existe un único «dolor de espalda»
Decimos «me duele la espalda», pero detrás de esa frase pueden existir experiencias completamente diferentes.
No es lo mismo sentir tensión en el cuello que una molestia entre los omóplatos.
Ni una sensación de rigidez lumbar que un dolor localizado alrededor del sacro.
Todo está conectado, pero cada zona merece ser comprendida con algo más de detalle.
Cuando el dolor está en las cervicales
El cuello se relaciona constantemente con los hombros, la mandíbula, la respiración y la movilidad de la zona torácica.
Por eso trabajar las cervicales no consiste únicamente en inclinar la cabeza hacia un lado y estirar el cuello.
Podemos necesitar mover los hombros, recuperar movilidad torácica, respirar con mayor amplitud o trabajar progresivamente la fuerza.
→ Puedes continuar leyendo: Dolor cervical: por qué tu cuello siempre está tenso y cómo puede ayudarte el yoga.
Cuando aparece tensión entre los omóplatos
La zona dorsal puede sentirse rígida, cargada o incluso como si necesitáramos estirarla constantemente.
Aquí puede resultar interesante explorar movimientos de rotación y extensión de la columna torácica, el movimiento de los brazos y hombros y la respiración hacia la caja torácica.
No buscamos encontrar una postura milagrosa.
Buscamos devolver variedad de movimiento a una zona que quizá pasa demasiadas horas haciendo prácticamente lo mismo.
→ Próximamente: Dolor dorsal y tensión entre los omóplatos: por qué aparece y cómo puede ayudarte el yoga.
Cuando duele la zona lumbar
En la zona lumbar la relación con pelvis, caderas, piernas y tronco resulta especialmente importante.
Y aquí aparece uno de los errores más frecuentes: pensar que una zona lumbar rígida necesita necesariamente más estiramiento.
A veces necesitaremos movilidad.
Otras veces fuerza.
Y muchas veces ambas.
Pero, sobre todo, necesitamos recuperar confianza en el movimiento.
→ Próximamente: Yoga para el dolor lumbar: cómo recuperar movilidad sin forzar la espalda.
Cuando la molestia está alrededor del sacro
El sacro se encuentra precisamente en una zona de encuentro entre columna y pelvis.
Las molestias que sentimos allí pueden tener diferentes causas, por lo que no deberíamos intentar diagnosticarlas únicamente por el lugar donde aparecen.
Desde una práctica de yoga consciente podemos explorar la movilidad de pelvis y caderas, la estabilidad, la respiración y diferentes formas de movimiento, adaptándolas siempre a cada persona.
→ Próximamente: ¿Por qué duele el sacro? Comprender esta zona y cómo puede ayudarte el yoga.
No existe una postura perfecta para tu espalda
Durante años hemos escuchado:
«Siéntate recta.»
«Echa los hombros hacia atrás.»
«Aprieta el abdomen.»
«No te encorves.»
Pero quizá el cuerpo no necesite encontrar una postura perfecta y permanecer en ella durante horas.
Quizá necesite algo mucho más sencillo:
cambiar de posición.
Moverse.
Levantarse.
Caminar.
Apoyarse de otra manera.
Estirarse un momento.
Respirar.
Volver a sentarse.
Nuestro cuerpo está diseñado para adaptarse.
Una posición puede resultar perfectamente cómoda durante veinte minutos y dejar de serlo después de dos horas.
Por eso, más que obsesionarnos con mantener siempre la postura correcta, podemos empezar a introducir algo que al cuerpo le encanta:
variedad.
¿Qué dice la ciencia sobre el yoga y el dolor de espalda?
Aquí merece la pena alejarnos de las promesas fáciles.
El yoga no cura todos los dolores de espalda.
No existe una postura capaz de solucionar por sí sola una lumbalgia y tampoco podemos garantizar que una persona deje de sentir dolor simplemente por practicar yoga.
Pero eso no significa que la práctica no pueda resultar útil.
Las recomendaciones actuales para el dolor lumbar crónico ponen mucho énfasis en un abordaje integral, individualizado y centrado en la persona, en el que el ejercicio forma parte de las intervenciones que pueden utilizarse.
La OMS incluye programas estructurados de ejercicio entre las intervenciones recomendadas para el dolor lumbar crónico primario.
¿Y qué ocurre específicamente con el yoga?
Una revisión Cochrane que reunió 21 estudios y más de 2.200 participantes con dolor lumbar crónico inespecífico encontró que el yoga puede producir pequeñas mejoras en la función y el dolor frente a no realizar ejercicio. Sin embargo, no mostró una ventaja clara frente a otros tipos de ejercicio orientados a la espalda.
Y para mí esto no le quita valor al yoga.
Al contrario.
Nos permite hablar de él sin convertirlo en algo mágico.
El yoga puede ser una manera de movernos, desarrollar fuerza, respirar, trabajar la atención y recuperar conciencia corporal dentro de una misma práctica.
Para algunas personas será una forma de movimiento con la que conecten profundamente.
Para otras será caminar, nadar, entrenar fuerza o realizar otro tipo de ejercicio.
Lo importante no es encontrar el ejercicio perfecto.
Es encontrar una forma de movimiento adecuada, progresiva y sostenible para esa persona.
¿Cuándo debemos pedir ayuda?
Practicar con conciencia también significa reconocer cuándo el yoga no debería ser nuestra única respuesta.
Si aparece un dolor intenso después de un traumatismo, pérdida importante o progresiva de fuerza o sensibilidad, alteraciones nuevas del control de vejiga o intestino, fiebre u otros síntomas preocupantes, es importante buscar valoración sanitaria.
Y si el dolor persiste, empeora o limita de manera importante tu vida cotidiana, también merece una valoración individual.
El yoga puede acompañar.
Pero acompañar bien también significa conocer sus límites.
Recuperar movimiento también es recuperar confianza
Quizá una de las consecuencias más difíciles de convivir con dolor de espalda sea empezar a desconfiar del propio cuerpo.
«No puedo agacharme.»
«Tengo la espalda mal.»
«Como haga esto, mañana estaré fatal.»
Poco a poco empezamos a evitar movimientos.
Y nuestro mundo corporal se hace más pequeño.
Por eso una práctica consciente no busca obligarnos a atravesar el dolor.
Busca algo mucho más progresivo.
Encontrar movimientos posibles.
Repetirlos.
Ampliarlos.
Añadir fuerza.
Descansar.
Volver a probar.
Hasta que el cuerpo deja de sentirse como algo que debemos proteger constantemente y empieza de nuevo a sentirse como un lugar en el que podemos confiar.
Mucho más que estirar los músculos
Al principio de este artículo decíamos que la espalda no trabaja sola.
Ahora podemos comprender mejor por qué.
Una espalda se mueve junto a una pelvis.
Respira con una caja torácica.
Necesita músculos capaces de generar fuerza.
Recibe e interpreta información a través del sistema nervioso.
Y cambia según cómo nos movemos, descansamos y vivimos.
Por eso el yoga para el dolor de espalda no debería reducirse a una colección de estiramientos.
Puede convertirse en un espacio para recuperar movimiento.
Para respirar.
Para sentirnos más fuertes.
Para comprender nuestros límites sin quedar atrapados en ellos.
Y, sobre todo, para dejar de mirar nuestra espalda como algo roto que tenemos que arreglar.
Quizá cuidarla empiece precisamente ahí:
descubriendo todo lo que todavía puede hacer.
En Karana Kokoro Yoga, en Badalona, la práctica no parte de la idea de que todos los cuerpos deben hacer lo mismo.
Si necesitamos modificar una postura, la modificamos.
Si un apoyo ayuda, lo utilizamos.
Si hoy tu cuerpo necesita otro ritmo, lo escuchamos.
No necesitas ser flexible.
No necesitas llegar a ninguna postura.
Y no necesitas demostrar nada.
Porque el objetivo no es conseguir una forma perfecta con el cuerpo.
Es ayudarte a encontrar más movimiento, más confianza y una relación más amable con él.



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