Dolor de espalda y sistema nervioso: por qué tu cuerpo puede seguir doliendo aunque no esté dañado
- 20 ago
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Actualizado: hace 2 días
Cuando nos duele la espalda, nuestra primera reacción suele ser buscar qué está mal.
Una contractura.
Una vértebra.
Un disco.
Una mala postura.

Un músculo demasiado débil o demasiado tenso.
Y, por supuesto, a veces existe una lesión o una alteración física que explica el dolor y que necesita ser valorada por un profesional sanitario.
Pero otras veces ocurre algo desconcertante.
Las pruebas no muestran nada especialmente preocupante y, sin embargo, duele.
O muestran cambios en la columna que llevan años ahí, pero el dolor aparece solamente en determinados momentos.
O una lesión ya se ha recuperado y, aun así, el cuerpo continúa comportándose como si todavía necesitara proteger esa zona.
Entonces aparece una pregunta inevitable:
Si aparentemente todo está bien, ¿por qué me sigue doliendo?
Para empezar a comprenderlo necesitamos dejar de mirar únicamente la espalda.
Porque el dolor no ocurre solamente en los músculos, las articulaciones o las vértebras.
También participa algo mucho más complejo:
nuestro sistema nervioso.
El dolor es una experiencia de protección
Solemos imaginar el dolor como una señal directa del tejido.
Algo se daña y, por tanto, duele.
Pero el funcionamiento del dolor es bastante más complejo.
Nuestro organismo recibe constantemente información procedente del cuerpo y del entorno. El sistema nervioso interpreta esa información y decide, de manera inconsciente, qué puede representar una amenaza.
El dolor forma parte de ese extraordinario sistema de protección.
Si apoyas accidentalmente la mano sobre algo muy caliente, no necesitas detenerte a pensar qué está sucediendo. Tu organismo reacciona inmediatamente para protegerte.
El problema aparece cuando ese sistema de alarma se vuelve demasiado sensible.
Imagina una alarma de incendios.
Su función es necesaria: detectar humo y avisarnos de un posible peligro.
Pero ¿qué ocurriría si comenzara a sonar cada vez que hacemos una tostada?
La alarma funciona.
Simplemente se ha vuelto demasiado sensible.
Algo parecido puede ocurrir, en determinadas situaciones, con el dolor persistente.
Cuando el cuerpo aprende a protegerse
Nuestro sistema nervioso aprende constantemente.
Aprende qué movimientos conocemos.
Qué situaciones consideramos seguras.
Qué experiencias nos han producido dolor.
Y también puede aprender a anticiparse.
Después de haber sufrido dolor durante un tiempo, podemos comenzar a movernos de otra manera casi sin darnos cuenta.
Nos inclinamos con cuidado.
Evitamos determinadas posiciones.
Contraemos el abdomen.
Endurecemos la espalda.
Levantamos los hombros.
Contenemos la respiración.
El cuerpo intenta ayudarnos.
Está diciendo:
“Por aquí tuvimos problemas. Mejor proteger esta zona.”
El problema es que esa protección, mantenida durante demasiado tiempo, también puede reducir nuestra libertad de movimiento.
Y poco a poco podemos entrar en un círculo difícil de romper:
Dolor.
Miedo al movimiento.
Más tensión.
Menos movimiento.
Mayor sensibilidad.
Más dolor.
Por eso recuperar el movimiento no consiste simplemente en decirle a alguien:
“Muévete, que no pasa nada.”
El cuerpo necesita experimentar que realmente puede hacerlo.
El miedo también cambia nuestra manera de movernos
Cuando algo nos ha dolido varias veces, es lógico que aparezca cierta precaución.
Si cada vez que te inclinas hacia delante aparece un pinchazo lumbar, probablemente la próxima vez que tengas que recoger algo del suelo tu cuerpo se prepare antes incluso de empezar el movimiento.
Quizá contraigas la musculatura.
Quizá contengas ligeramente la respiración.
Quizá hagas el gesto con rigidez.
Quizá pienses:
“Cuidado, que aquí me va a doler.”
No significa que estés inventando el dolor.
El dolor es real.
Significa que nuestro cerebro utiliza también las experiencias anteriores para intentar predecir qué puede ocurrir.
Y cuanto más amenazante percibimos un movimiento, mayor puede ser nuestra respuesta de protección.
Aquí aparece una de las aportaciones más interesantes del yoga.
Podemos volver a acercarnos al movimiento de otra manera.
Lentamente.
Con atención.
Sin competir.
Sin obligarnos a llegar más lejos.
Y permitiendo que el cuerpo acumule nuevas experiencias.
Experiencias en las que moverse no termine necesariamente en dolor.
El estrés también puede sentirse en la espalda
Hay días en los que nuestro cuerpo parece mucho más rígido.
Quizá hemos dormido mal.
Llevamos semanas preocupados.
Tenemos demasiado trabajo.
Estamos atravesando una situación emocional difícil.
O simplemente llevamos demasiado tiempo funcionando sin detenernos.
En esos momentos, el organismo puede permanecer en un estado mayor de alerta.
La respiración cambia.
La musculatura aumenta su tono.
Los hombros ascienden.
La mandíbula se aprieta.
El abdomen se contrae.
La capacidad de descansar disminuye.
Y nuestra sensibilidad al dolor también puede cambiar.
Esto no significa que “el dolor esté en tu cabeza”.
Ni que todos los dolores de espalda sean consecuencia del estrés.
Significa algo mucho más interesante:
cuerpo y mente no funcionan como dos sistemas separados.
Lo que vivimos modifica nuestra fisiología.
Y nuestra fisiología influye en cómo nos sentimos.
Por eso hay días en los que duele más
Quizá alguna vez hayas observado algo aparentemente extraño.
Hay movimientos que un día puedes hacer perfectamente y otro día resultan incómodos.
La espalda es la misma.
Tus vértebras siguen siendo las mismas.
Entonces, ¿qué ha cambiado?
Tal vez hayas descansado peor.
Tal vez estés más preocupado.
Tal vez lleves muchas horas sentado.
Tal vez hayas hecho más esfuerzo del habitual.
Tal vez estés cansado.
Tal vez tu sistema esté simplemente más sensible ese día.
El dolor no depende únicamente del estado de nuestros tejidos.
Depende también del contexto en el que se encuentra todo el organismo.
Comprender esto puede ayudarnos a abandonar una idea muy arraigada:
“Si hoy me duele más, necesariamente estoy peor.”
No siempre es así.
A veces el cuerpo simplemente necesita que ese día lo escuchemos de otra manera.
¿Y qué tiene que ver el yoga con todo esto?
Mucho.
Pero no porque exista una postura mágica capaz de eliminar el dolor de espalda.
De hecho, probablemente uno de los mayores errores sea buscar precisamente eso.
“La postura para las lumbares.”
“El estiramiento para las cervicales.”
“La asana que descomprime la columna.”
El yoga puede ofrecernos algo bastante más profundo.
Nos permite crear un espacio donde el cuerpo pueda explorar el movimiento con atención y progresivamente.
Podemos mover una articulación lentamente.
Observar qué ocurre.
Respirar.
Detenernos.
Modificar el gesto.
Reducir la intensidad.
Volver a intentarlo.
Y descubrir algo fundamental:
no todos los movimientos que tememos son peligrosos.
Cada experiencia de movimiento seguro puede convertirse en una pequeña información nueva para nuestro sistema nervioso.
Respirar también es decirle al cuerpo que puede bajar la guardia
En el artículo anterior hablábamos de algo que muchas veces olvidamos:
la espalda también respira.
Cuando estamos preocupados, tensos o sentimos dolor, nuestra respiración puede hacerse más superficial.
A veces incluso la retenemos durante determinados movimientos.
En una práctica consciente podemos hacer justamente lo contrario.
Dar espacio a la respiración.
Sentir cómo se expande la caja torácica.
Percibir el movimiento de las costillas.
Observar cómo cambia el abdomen.
Notar el contacto del cuerpo con el suelo.
No necesitamos obligarnos a respirar profundamente.
Necesitamos recuperar una respiración que no esté constantemente condicionada por la tensión. Porque regular el sistema nervioso no significa forzarnos a estar tranquilos.
Significa crear las condiciones para que el organismo pueda reconocer que, en ese momento, no necesita defenderse de todo.
Yoga no significa soportar dolor
Existe una idea especialmente importante cuando practicamos con molestias de espalda:
el dolor no es una prueba que tengamos que superar.
No necesitamos demostrar que podemos mantener una postura.
Ni llegar hasta donde llega otra persona.
Ni estirar un poco más porque creemos que así “soltaremos” la zona.
Una práctica consciente también consiste en aprender a retirarnos.
En reducir el recorrido.
En utilizar apoyos.
En cambiar una postura.
En descansar.
En reconocer cuándo una sensación es simplemente intensidad y cuándo nuestro cuerpo nos está pidiendo que paremos.
Aprender a escuchar esos matices también forma parte del yoga.
No buscamos una postura perfecta, buscamos recuperar confianza
Tal vez esta sea una de las diferencias más importantes entre practicar yoga para “hacer posturas” y utilizar el yoga como una herramienta de conciencia corporal.
Cuando existe dolor, el objetivo no debería ser conseguir una alineación perfecta.
Debería ser recuperar posibilidades.
Poder girarnos.
Agacharnos.
Extender los brazos.
Mover la pelvis.
Respirar ampliamente.
Caminar.
Descansar.
Volver a hacer determinados movimientos sin estar esperando constantemente que aparezca el dolor.
La práctica deja entonces de ser una sucesión de posturas que debemos conseguir.
Se convierte en un diálogo.
¿Cómo estoy hoy?
¿Qué necesita mi cuerpo?
¿Hasta dónde puedo moverme sin sentir que tengo que defenderme?
¿Puedo respirar aquí?
¿Puedo hacer un poco menos?
¿Puedo sentirme seguro dentro de este movimiento?
Y esas preguntas cambian completamente la práctica.
Tu cuerpo no está luchando contra ti
Cuando convivimos durante mucho tiempo con dolor es fácil enfadarnos con nuestro propio cuerpo.
Sentir que nos limita.
Que nos traiciona.
Que ya no responde como antes.
Pero quizá podamos empezar a mirarlo desde otro lugar.
Muchas de las respuestas que interpretamos como un problema comenzaron siendo intentos de protección.
La tensión protege.
La rigidez protege.
Evitar determinados movimientos protege.
Incluso el dolor tiene una función protectora.
El problema aparece cuando esa protección deja de ser necesaria y el organismo todavía no ha aprendido a bajar la guardia.
Por eso quizá la pregunta no sea solamente:
“¿Cómo puedo quitarme este dolor?”
Quizá también podamos preguntarnos:
“¿Qué necesita mi cuerpo para volver a sentirse seguro moviéndose?”
Y aquí el yoga puede convertirse en un maravilloso lugar de aprendizaje.
No porque obliguemos al cuerpo a cambiar.
Sino porque le damos tiempo, atención, respiración y movimiento para descubrir nuevas posibilidades.
Una práctica que escucha antes de exigir
En Karana Kokoro Yoga entendemos la práctica desde ese lugar.
No buscamos cuerpos perfectos.
Ni posturas perfectas.
Ni personas capaces de llegar más lejos.
Buscamos aprender a habitar nuestro cuerpo con más conciencia.
Porque quizá aliviar una espalda no siempre empiece estirándola.
A veces empieza escuchándola.
Y comprendiendo que detrás de ese dolor puede haber un organismo que lleva demasiado tiempo intentando protegernos.
En el próximo artículo seguiremos recorriendo la espalda desde otra idea fundamental: por qué en yoga no necesitamos hacer posturas perfectas para que una práctica sea beneficiosa.
Porque cuando dejamos de perseguir la forma perfecta, empezamos a descubrir algo mucho más interesante:
el movimiento que realmente necesita nuestro cuerpo.
Este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye una valoración médica o fisioterapéutica. Ante dolor intenso, persistente, de aparición reciente o acompañado de otros síntomas, es importante consultar con un profesional sanitario.



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